Humanidad a la deriva

Aquella noche me levanté sin levantarme. La luna estaba clavada en el firmamento, inmóvil, esperando que la cama me apartase de sus sábanas. El mar nos rodeaba y nos intentaba engullir con olas de tres metros, por lo menos. Sus fieles soldados, con grandes tiburones blancos al mando, esperaban un posible festín. El paraíso todavía quedaba lejos, pero la muerte aguardaba detrás de cada embestida de un océano indecoroso. El infierno nos había atrapado antes de lo previsto.

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