Yo tampoco lo sé

Me abruma la sensación de no encontrarme por el camino, de no estar dónde debo. Podría convencerme de que todo es mejor ahora, pero no lo creo. No me lo parece por mucho que me lo digan o sonría. A mí me gusta la gente que sonríe sin motivo aparente. Esa que, aunque tenga un día de mierda, te regala una sonrisa para que, al menos el tuyo, sea un poco mejor.

Mientras tanto, entre sonrisa y sonrisa, mis días pasan y yo me pierdo navegando por ellos, cada vez un poco más desconfiado. No dejo que me conozcan del todo más que unos pocos. Una amiga me dijo hace un tiempo que nunca sabe cuándo estoy bien o cuándo estoy mal, que le resulta difícil descifrar mi estado de ánimo. No es la primera persona que me lo dice. Creo que, a veces, yo tampoco lo sé.

Quizás algún día volvamos a vernos

Me tropiezo con las palabras que se dibujan en mi cabeza y acabo dejando frases colgadas de puentes que no pienso volver a cruzar. Todo va tan acelerado ahí arriba que me confundo de dirección y pierdo el rumbo. Las agujas del reloj echan a correr, yo intento seguir su ritmo, pero nunca es suficiente. Desde hace tiempo, nada es suficiente. Transito por un páramo con música de fondo y el eco de los latidos que se esconden dentro del pecho, entre el corazón y el vacío que me dejaste. Debato con los pensamientos que me asaltan en esta mañana de resaca y me refugio en la nostalgia de todas las historias que yacen olvidadas, cómo se me olvida tu sonrisa, cada día un poco más. Recuerdo mucho para retrasar el día en el que ya no existan esos recuerdos. ¿Quién se acordará de mí cuando ya no esté? ¿Qué recuerdos dejaré atrás? ¿Qué recuerdos he dejado? Yo no olvido a ninguna de las personas que se acercaron a preguntar qué tal estaba, las que se quedan conmigo hasta cuando me alejo del hombre que me gustaría ser. Las tengo bien presentes, aunque no todas estén ya a mi lado. Quizás algún día volvamos a vernos. No lo sé, aunque me gusta pensar que sí. Dentro de esta mente caótica y desordenada, eso es (casi) lo único que me mantiene (casi) cuerdo…

Luces de ciudad

Las luces de la ciudad se quedaron para saludar a la noche que se aproximaba. Nadie quería perderse el espectáculo. Había mucho que contar antes de partir. Todavía quedaban historias escondidas en un semáforo que se apresura a cambiar; en un bar con las paredes pintadas por los turistas en las que ahora hay un pequeño Simba garabateado; en dos fugitivos que huyen de la policía; en unos chupitos de los que te arrepientes a la mañana siguiente; en un fotógrafo improvisado que se lo toma muy en serio; en una pareja que durará lo que dure esta noche; en un hada madrina que te recuerda ‘all you need is love’; en un banco en el que solo mereces estar si también estarás cuando las luces se apaguen del todo y no quede otra cosa que la ciudad y su noche.

Esa idea que construimos

No quedaba otra cosa que nostalgia y una idea infantil rota por el tiempo y el ritmo al que fue sometida. Sujeta a la misma vida que creó la historia en la que se encerró. Una idea que se cae a pedazos mientras la risa inunda la mesa en la que compartimos lo que pudo ser y nunca será. Lo que nos espera a todos cuando encontremos la oportunidad de salir de aquí. De esa idea que construimos y que el mundo olvidará cuando ya no estemos.

Verano

Nosotros, que pretendíamos escapar de las mañanas insípidas, abrazamos las noches irreverentes. Cerca de la carretera y con lo salvaje por descubrir. Profundamente honestos con nuestros instintos. Despellejando nuestros sentimientos. Sin piedad y ante un altar sostenido por latas de cerveza y botellas de ginebra. Lejos de ese viento del norte y con la luna en el horizonte. En medio de una nada muy llena. Ocupada por nuestros vacíos. Por los espacios que quedaron en nosotros al conocer la pérdida de un ser querido. Tan distintos, pero con un denominador común: una desesperada huida hacia delante para dejar el pasado atrás. A bordo de un buque fantasma en el que no íbamos a hundirnos. Con un recorrido fascinante ante nuestros ojos. Los tuyos azules. Los míos tan oscuros. Repletos de ilusión por el mañana y empapados en sudor al sentir el calor de nuestros cuerpos tan cerca del deseo. Viviendo tan próximos al límite que el miedo parecía una fantasía. Derribando una muralla tras otra hasta alcanzar el mar del sur y bailar pegados a la orilla un 13 de Julio. Teníamos una segunda oportunidad y nos sentíamos inmensamente agradecidos por ella. Nunca habíamos sido tan libres. Nunca nadie nos había visto tan felices como en aquella carretera. Con todo el verano por delante y la casualidad de habernos conocido como punto de partida.

Dices

Dices que quieres conocer el mundo que ven mis ojos.

Dices que te interesa estar conmigo en los momentos malos.

Dices que no tienes vértigo. Que estar al borde del precipicio no te asusta.

Dices y dices sin saber.

Dices y no dejas de decir mientras me besas.

Dices y dices mientras me enredas en tus dulces delirios.

Dices y dices mientras amanece lluvioso abril.

Dices y dices sin saber, pero qué más da.

Dices que quieres vivir el momento y supongo que eso es todo lo que importa.

Maletas

Las plazas de Madrid ya no se veían igual sin ti.

Nada se veía tan bonito. Yo no me quería lo suficiente.

No allí donde todo me recordaba a ti.

Necesitaba huir.

Lo necesitaba y no me lo pensé dos veces al subir al avión.

Nunca unas maletas pesaron tan poco. Nunca un drama tuvo menos lágrimas.

Atrás no quedaba nada por lo que luchar. Más que nada, no quedaba nadie.

No escuché más que los motores al despegar, miré por la ventanilla y dije adiós en bajito, para no molestar.

Aislado

Aislado allá donde el sol se viste entre rejas,

donde el tiempo se cuenta en meses perdidos,

donde pasan los años sin que la vida siga,

aislado allá donde el anhelo de (ti) me hace soñar con(tigo),

aislado en ese lugar al que no pudiste entrar y del que no sé salir.

Antiguas vestiduras

Las luces se apagaron y al despertar no quedaba nada.

Escuchaba las teclas del piano y el soplo de un viento que se marcharía con el invierno,

pero no había nada ni nadie. Estaba solo.

El día se esfumó. La noche nunca quiso estar. Y yo inmóvil entre dos historias,

una que perdía, otra que no llegó.

Ahogado en la nada. En un vacío entre lo que no fue y lo que no veía.

Ciego al mirar al futuro. Preguntándole a la primavera por los sueños que no cumplí.

Desglosando los versos del libro que escribí y no pude acabar.

Desgarrando las vestiduras en las que ya no estaba yo.

Asustado por la pérdida. Por unas ramas que nunca llegan a tocar el cielo.

Cansado de no ver nada. De no creer en nada.