Líneas

Todas las líneas que te escribí quedaron atrás,

fundidas en las curvas de tu sonrisa al amanecer,

fieles a una promesa y a una despedida,

cómplices de nuestro amor desde el fin del mundo.

Todas esas líneas quedaron atrás,

inmutables ante el paso del tiempo, pues su tiempo ya fue y ese tiempo no puede dejar de ser.

Siempre lo supimos,

por eso siempre fueron libres,

nunca fuimos dueños de su espacio,

ni siquiera yo al crearlas,

ni siquiera tú al darme la inspiración.

Todas esas líneas resbalaron por la pluma para estar en ese momento exacto,

en su tinta con picos de dolor y gloria,

bajo el susurro de un mar que puso la música mientras te miraba,

convertidas en himno de nuestro escenario de brisa marina.

Líneas eternas sin ser un ‘por siempre’.

Líneas invencibles, como nosotros, aunque sea en caminos separados.

Invisible

Bañado por la miseria de la que quiere escapar. Cegado por un rayo de luz que se apaga. Encerrado entre dos muros que esconden lo que no se ve. Cargado de un amor que no expresa por miedo al dolor.

Le gustaría no saber. Está cansado, al parecer. Todo lo que ya se haya dicho no salió de su boca. Es una tumba en medio del desierto en el que se crío. Martillo de un tiempo inexacto. Un triste sueño de verano. Sin nada que lo ate a su raíz en la tierra.

Un marchito vendaval que se extingue exultante. Mortal y maldito. Condenado por la compleja levedad del ser mañana alguien mejor. Desconcertado al creer que se podía estar sin despertar. Hambriento al pertenecer a un mundo siempre en movimiento.

Te espero

Te espero lejos de todo este ruido. Lejos de todo el murmullo. Lejos de este mundo que nos agobia. Te espero donde me prometiste una vida juntos. Donde no somos más que dos críos con ganas de disfrutar.

Hijo del mar

Voy flotando en mi barco.

A la deriva y cerca del sol.

Tan lejos como puedo de los fantasmas.

Con el alma volátil y el soplo de un viento que nunca se apaga.

Huérfano de tierra firme.

Entre mareas que nunca terminan.

Encerrado en un océano del que no sé escapar.

Hijo del mar y de sus caprichos.

Maletas

Las plazas de Madrid ya no se veían igual sin ti.

Nada se veía tan bonito. Yo no me quería lo suficiente.

No allí donde todo me recordaba a ti.

Necesitaba huir.

Lo necesitaba y no me lo pensé dos veces al subir al avión.

Nunca unas maletas pesaron tan poco. Nunca un drama tuvo menos lágrimas.

Atrás no quedaba nada por lo que luchar. Más que nada, no quedaba nadie.

No escuché más que los motores al despegar, miré por la ventanilla y dije adiós en bajito, para no molestar.

Aislado

Aislado allá donde el sol se viste entre rejas,

donde el tiempo se cuenta en meses perdidos,

donde pasan los años sin que la vida siga,

aislado allá donde el anhelo de (ti) me hace soñar con(tigo),

aislado en ese lugar al que no pudiste entrar y del que no sé salir.

Qué bonito es el ciclismo cuando no tiene dueño

Qué bonito es el ciclismo cuando no tiene dueño, cuando se desmelena y tira para adelante sin que nadie pueda controlarlo. Se nos había olvidado ese punto de locura en los últimos años, siempre con excepciones, pero en 2020, tras la victoria de Pogacar ante Roglic y el súper equipo Jumbo, parece que se ha roto definitivamente todo acuerdo del ciclismo con los equipos dominadores. Las exhibiciones de poder a base de fuerza bruta y compacta de entidades preparadas para secar a cualquier osado con piernas se han quedado al margen este año, incluso los favoritos están viviendo un curso extraño, y si no que le pregunten al Giro.

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Lo que no ves

Abre una lata de atún, se prepara un bocata con lo que queda de pan Bimbo y sale de casa con el equipo a cuestas antes de que cante el gallo. Alguien le silba de camino al trabajo. Los haters no descansan. Despeinado y a medio afeitar, con los mismos pantalones de ayer y una nueva camiseta blanca, entra en el metro y se quita la cazadora negra que le regaló su padre las pasadas navidades. Acalorado, e intentando hacer malabarismos para no tocar a nadie o nada que no deba, sube las escaleras y contempla, con nostalgia, el oso y el madroño.

Prepara el equipo y espera. Fuma un cigarro y se ajusta las gafas. Graba la soledad y el vacío de una ciudad que se ha detenido para avanzar. Las carcajadas se han escondido y su cámara solo recoge calles desiertas y el rostro de un joven reportero con hambre por hacerse un nombre en el periodismo.

El trípode siempre bien asegurado en cada pieza, planos recurso y horas de caminata con el trasto a la espalda hasta que por fin termina su jornada. Pensaba que no, pero vuelve a casa para comer. Duerme un poco y con la ropa arrugada sale corriendo para un directo de última hora. En Chile quieren saber que pasa en la capital española.

Repite el proceso de la mañana, ahora con una compañera de mediana edad delante del foco. Termina y regresa al hogar. Un par de vecinos le pitan e insultan desde los balcones. La llave se atasca levemente al abrir la puerta y tiene que malgastar una pizca de la poca fuerza que le queda. Se tira en el sofá mientras deja una pizza calentando en el horno. Revisa sus mensajes y contesta el único que le importa.

‘Estoy bien, mamá. Ha sido un día duro, pero ya estoy en casa. Te quiero. Descansa’