Maletas

Las plazas de Madrid ya no se veían igual sin ti.

Nada se veía tan bonito. Yo no me quería lo suficiente.

No allí donde todo me recordaba a ti.

Necesitaba huir.

Lo necesitaba y no me lo pensé dos veces al subir al avión.

Nunca unas maletas pesaron tan poco. Nunca un drama tuvo menos lágrimas.

Atrás no quedaba nada por lo que luchar. Más que nada, no quedaba nadie.

No escuché más que los motores al despegar, miré por la ventanilla y dije adiós en bajito, para no molestar.

Aislado

Aislado allá donde el sol se viste entre rejas,

donde el tiempo se cuenta en meses perdidos,

donde pasan los años sin que la vida siga,

aislado allá donde el anhelo de (ti) me hace soñar con(tigo),

aislado en ese lugar al que no pudiste entrar y del que no sé salir.

Antiguas vestiduras

Las luces se apagaron y al despertar no quedaba nada.

Escuchaba las teclas del piano y el soplo de un viento que se marcharía con el invierno,

pero no había nada ni nadie. Estaba solo.

El día se esfumó. La noche nunca quiso estar. Y yo inmóvil entre dos historias,

una que perdía, otra que no llegó.

Ahogado en la nada. En un vacío entre lo que no fue y lo que no veía.

Ciego al mirar al futuro. Preguntándole a la primavera por los sueños que no cumplí.

Desglosando los versos del libro que escribí y no pude acabar.

Desgarrando las vestiduras en las que ya no estaba yo.

Asustado por la pérdida. Por unas ramas que nunca llegan a tocar el cielo.

Cansado de no ver nada. De no creer en nada.

Escribir

Escribir es libertad. Escribir es sinceridad. Es dejarse ir. Respirar. Una droga. Una necesidad.

Escribir es el retrato de una vida. Con sus acentos. Con sus interrogantes. Con sus exclamaciones. Con sus puntos suspensivos. Con sus faltas ortográficas.

Escribir es encontrarse. Escribir es reconocer. Es estar frente al espejo. Mirar por dentro. Fracasar. Un golpe. Un suspiro.

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John le Carré

Crecí leyendo a John le Carré. Devoraba sus obras sin pestañear fascinado por sus personajes y las historias que el novelista británico diseñaba para ellos. Sus espías, siempre entre el bien y el mal, me gustaban más que aquellos que veía en la televisión. Con sus grises, su aura de ‘perdedores’, su ‘bajar al barro’ por encima del glamour y su entrega a un trabajo que nunca verían recompensado más allá que por sus particulares creencias de la justicia me resultaban mucho más interesantes que la fama, el encanto y el éxito constante de James Bond. No renegaba de 007, pero si tenía que elegir me quedaba con Alec Leamas.

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Cuando éramos unos críos

Las aspas del molino hace años que no giran, la mina cerró 7 años atrás y la fábrica acaba de trasladarse 100 kilómetros al norte por la carretera nacional. Los jóvenes ya no quieren heredar el trabajo de sus padres. El éxodo a la ciudad ha dejado el pueblo casi vacío y un lunes a la hora del vermú en el bar de la Juani solo quedan dos parejas de ancianos jugando al mus, Lola, la hija mayor del panadero y la única de su generación que todavía no se ha matriculado en la universidad, y el tío Eusebio.

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Lo que no ves

Abre una lata de atún, se prepara un bocata con lo que queda de pan Bimbo y sale de casa con el equipo a cuestas antes de que cante el gallo. Alguien le silba de camino al trabajo. Los haters no descansan. Despeinado y a medio afeitar, con los mismos pantalones de ayer y una nueva camiseta blanca, entra en el metro y se quita la cazadora negra que le regaló su padre las pasadas navidades. Acalorado, e intentando hacer malabarismos para no tocar a nadie o nada que no deba, sube las escaleras y contempla, con nostalgia, el oso y el madroño.

Prepara el equipo y espera. Fuma un cigarro y se ajusta las gafas. Graba la soledad y el vacío de una ciudad que se ha detenido para avanzar. Las carcajadas se han escondido y su cámara solo recoge calles desiertas y el rostro de un joven reportero con hambre por hacerse un nombre en el periodismo.

El trípode siempre bien asegurado en cada pieza, planos recurso y horas de caminata con el trasto a la espalda hasta que por fin termina su jornada. Pensaba que no, pero vuelve a casa para comer. Duerme un poco y con la ropa arrugada sale corriendo para un directo de última hora. En Chile quieren saber que pasa en la capital española.

Repite el proceso de la mañana, ahora con una compañera de mediana edad delante del foco. Termina y regresa al hogar. Un par de vecinos le pitan e insultan desde los balcones. La llave se atasca levemente al abrir la puerta y tiene que malgastar una pizca de la poca fuerza que le queda. Se tira en el sofá mientras deja una pizza calentando en el horno. Revisa sus mensajes y contesta el único que le importa.

‘Estoy bien, mamá. Ha sido un día duro, pero ya estoy en casa. Te quiero. Descansa’