Dices

Dices que quieres conocer el mundo que ven mis ojos.

Dices que te interesa estar conmigo en los momentos malos.

Dices que no tienes vértigo. Que estar al borde del precipicio no te asusta.

Dices y dices sin saber.

Dices y no dejas de decir mientras me besas.

Dices y dices mientras me enredas en tus dulces delirios.

Dices y dices mientras amanece lluvioso abril.

Dices y dices sin saber, pero qué más da.

Dices que quieres vivir el momento y supongo que eso es todo lo que importa.

Maletas

Las plazas de Madrid ya no se veían igual sin ti.

Nada se veía tan bonito. Yo no me quería lo suficiente.

No allí donde todo me recordaba a ti.

Necesitaba huir.

Lo necesitaba y no me lo pensé dos veces al subir al avión.

Nunca unas maletas pesaron tan poco. Nunca un drama tuvo menos lágrimas.

Atrás no quedaba nada por lo que luchar. Más que nada, no quedaba nadie.

No escuché más que los motores al despegar, miré por la ventanilla y dije adiós en bajito, para no molestar.

Antiguas vestiduras

Las luces se apagaron y al despertar no quedaba nada.

Escuchaba las teclas del piano y el soplo de un viento que se marcharía con el invierno,

pero no había nada ni nadie. Estaba solo.

El día se esfumó. La noche nunca quiso estar. Y yo inmóvil entre dos historias,

una que perdía, otra que no llegó.

Ahogado en la nada. En un vacío entre lo que no fue y lo que no veía.

Ciego al mirar al futuro. Preguntándole a la primavera por los sueños que no cumplí.

Desglosando los versos del libro que escribí y no pude acabar.

Desgarrando las vestiduras en las que ya no estaba yo.

Asustado por la pérdida. Por unas ramas que nunca llegan a tocar el cielo.

Cansado de no ver nada. De no creer en nada.

Escribir

Escribir es libertad. Escribir es sinceridad. Es dejarse ir. Respirar. Una droga. Una necesidad.

Escribir es el retrato de una vida. Con sus acentos. Con sus interrogantes. Con sus exclamaciones. Con sus puntos suspensivos. Con sus faltas ortográficas.

Escribir es encontrarse. Escribir es reconocer. Es estar frente al espejo. Mirar por dentro. Fracasar. Un golpe. Un suspiro.

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John le Carré

Crecí leyendo a John le Carré. Devoraba sus obras sin pestañear fascinado por sus personajes y las historias que el novelista británico diseñaba para ellos. Sus espías, siempre entre el bien y el mal, me gustaban más que aquellos que veía en la televisión. Con sus grises, su aura de ‘perdedores’, su ‘bajar al barro’ por encima del glamour y su entrega a un trabajo que nunca verían recompensado más allá que por sus particulares creencias de la justicia me resultaban mucho más interesantes que la fama, el encanto y el éxito constante de James Bond. No renegaba de 007, pero si tenía que elegir me quedaba con Alec Leamas.

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