John le Carré

Crecí leyendo a John le Carré. Devoraba sus obras sin pestañear fascinado por sus personajes y las historias que el novelista británico diseñaba para ellos. Sus espías, siempre entre el bien y el mal, me gustaban más que aquellos que veía en la televisión. Con sus grises, su aura de ‘perdedores’, su ‘bajar al barro’ por encima del glamour y su entrega a un trabajo que nunca verían recompensado más allá que por sus particulares creencias de la justicia me resultaban mucho más interesantes que la fama, el encanto y el éxito constante de James Bond. No renegaba de 007, pero si tenía que elegir me quedaba con Alec Leamas.

‘El Espía que surgió del frío’ fue, durante buena parte de mi infancia, mi novela preferida. No recuerdo la edad a la que rebuscando entre los libros de mi padre topé con John le Carré y Alec Leamas, pero en cuanto comencé a leer quedé atrapado en un mundo que deambula entre la verdad y la mentira, entre la ficción y la realidad.

Leamas “parecía un hombre que podía traer problemas, un hombre que cuidaba de su dinero, un hombre que no era precisamente un caballero”, y aquello me llamaba la atención. No tenía nada que ver con la imagen de un héroe al uso. Más bien era un antihéroe. Leamas no era el espía que se espera alguien que tiene de referencia al James Bond de Pierce Brosnan venciendo en esmoquin a las fuerzas del mal, y quizás por ello me gustaba más.

David Cornwell (John le Carré) desdibujó la idea de un espía ‘perfecto’, del apuesto e irresistible galán que siempre se sale con la suya ideado por Ian Fleming, y apoyado en su experiencia como espía del servicio de inteligencia británico, bajó allá donde nadie se había atrevido antes para retratar al espía en un ambiente de fracaso, intereses y traiciones en las que no abundan los héroes, abundan hombres que hacen lo que sea para sobrevivir. Hombres que creen en un mundo, su mundo, y hacen lo que sea para alcanzarlo. Hombres que mienten. Hombres que aman. Hombres que se equivocan. Hombres que matan. Hombres de carne y hueso, no de cuentos de hadas.

Con John le Carré me adentré en las novelas de espías por completo. Alec Leamas abrió la puerta para que fuesen pasando ‘El Infiltrado’, ‘Llamada para el muerto’ o ‘Un Traidor como los nuestros’. Todo lo que vinieses con la firma bien grande y en portada de John le Carré merecía mi tiempo, y yo se lo dedicaba encantado. Por eso, nada más enterarme de su muerte a los 89 años, bajé de la estantería todas sus obras, pues yo no soy quién para hablar de la persona, pero a su obra puedo honrarla como se merece: releyéndola una vez más.

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