Cuando éramos unos críos

Las aspas del molino hace años que no giran, la mina cerró 7 años atrás y la fábrica acaba de trasladarse 100 kilómetros al norte por la carretera nacional. Los jóvenes ya no quieren heredar el trabajo de sus padres. El éxodo a la ciudad ha dejado el pueblo casi vacío y un lunes a la hora del vermú en el bar de la Juani solo quedan dos parejas de ancianos jugando al mus, Lola, la hija mayor del panadero y la única de su generación que todavía no se ha matriculado en la universidad, y el tío Eusebio.

En el prado del general Domínguez pastan vacas de todos los colores. Blancas con manchas negras, negras con manchas blancas, marrones a secas y negras como el tizón. Musy siempre fue mi favorita. Ella y Toby, un cariñoso pastor alemán adoptado por mi familia cuando apenas tenía 4 meses de edad, pasaron incontables ratos jugando juntos hasta que ella se fue. Él ya es mayor, y aunque desconozco la capacidad de los perros para recordar buenos momentos, de tener esa facultad Toby recordará siempre a Musy.

Las vacas viven y mueren en el extenso terreno que el ya retirado general Domínguez y su mujer Enriqueta usan para preparar barbacoas los domingos después de misa. La hierba de sus campos se extiende desde la iglesia hasta el puente de piedra, justo hasta el río que da de beber a todas esas gordas y nutridas vacas que nunca conocerán el matadero.

Las reses bajan cada día al río acompañadas del general Domínguez, ahora convertido en pastor, o en un extrovertido bohemio, como dice Juan Ramón, el panadero del pueblo. Desde que se retiró, el general Domínguez abandonó su fachada de tipo recto y aburrido para darse al campo, la pintura acrílica y el matrimonio que tanto tiempo había descuidado. Se rumorea que en su casa se ha desatado la pasión entre candelabros y sabanas de seda. Maite, la vecina de mis abuelos, asegura que en una visita sorpresa a su hermana se los encontró fornicando en el sofá del salón principal.

Hay unos 5 kilómetros desde la casa del general Domínguez hasta el río. Al cruzarlo hay un sendero de tierra que termina en un bosque de pinos que se elevan con fina y recta elegancia hacia el cielo y, escondida en el bosque, en algún punto entre el bastión de ancianos helechos que custodian posibles senderos nunca creados por la mano del hombre, hay una cueva en la que hace muchos años viví la gran aventura de mi infancia.

Tenía 12 años cuando Julio, Amanda, Gabi y yo nos adentramos en la oscura gruta de la que tanto habíamos oído hablar a nuestros hermanos mayores. En ella había desaparecido una joven varios siglos atrás. Un hijo legítimo y despiadado de un antiguo rey, cuyo nombre nunca se mencionó, se encaprichó de la mujer del herrero del pueblo, mandó ejecutar al esposo y apresar a la joven y desconsolada viuda, pero esta consiguió huir de las manos del déspota y se adentró en el bosque. Una de las leyendas dice que partió rumbo al norte y viajó hasta Escocia para empezar de cero. Otra que un oso la devoró antes de cruzar el río, y una última, y por la que Julio, Amanda, Gabi y yo entramos en la cueva una tarde lluviosa de agosto, decía que la mujer de pelo oscuro y párpados hundidos nunca dejó la cueva, que vivió allí el resto de sus días rodeada de animales salvajes que la enterraron en el interior de la gruta cuando expiró su último aliento.

Aquella tarde de búsqueda nos reconocimos los unos a los otros como amigos. Pasamos menos miedo del que imaginábamos, nos reímos más de lo esperado y, por supuesto, no encontramos el cuerpo de la muchacha, pero nos hicimos la promesa de volver a la cueva al día siguiente y buscar de nuevo. Un año más tarde, tras varias búsquedas sin éxito, nos prometimos, un 10 de agosto, regresar cada año en la misma fecha y celebrar en la cueva nuestra fallida búsqueda como una prueba de que nuestra amistad seguía viva. Teníamos 13 años y éramos los mejores amigos del mundo.

Durante 4 veranos más seguimos con esa tradición. Después, Gabi se marchó a la ciudad y nunca más volvimos a saber de él. Amanda y yo, tras salir un tiempo, nos distanciamos y solo conservé la amistad con Julio, pero ninguno de los dos había vuelto a la cueva hasta esta tarde de septiembre.

Al entrar recuerdo todo como si fuera ayer. Recuerdo lo vivido con mis amigos dentro y fuera de esta cueva. Recuerdo a Amanda y su curiosidad infinita. Recuerdo a Gabi y su forma de conseguir que acabásemos siempre metidos en algún lío. Recuerdo cuando pensé que siempre seríamos amigos. Recuerdo cuando se fueron. Recuerdo cuando hace dos semanas me enteré del fallecimiento de Amanda por un accidente de tráfico en Londres, la ciudad en la que siempre había soñado vivir. Recuerdo todo y el recuerdo no duele, más bien reconforta el dolor con el que he vivido estas dos últimas semanas.

El sol ya se ha escondido en el horizonte y se pueden ver algunas estrellas en el firmamento cuando Julio y yo volvemos al centro del pueblo. Ya es de noche cuando llegamos al bar de la Juani. El tío Eusebio nos saluda y se toma el último carajillo antes de irse a dormir.

‘¿Dónde habéis estado toda la tarde?, dice la propietaria.

‘Estuvimos dando una vuelta por el bosque’, responde Julio.

‘Cómo cuando erais unos críos’, dice la Juani con una sonrisa en la boca

‘Cómo cuando éramos unos críos’, digo para mis adentros.

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