Joe Ingles, un artista de los intangibles

El alero australiano firmó el pasado verano un contrato de 52 millones por 4 temporadas con los Jazz

En el baloncesto moderno, con la estadística avanzada analizando cada pequeño desliz del jugador, los intangibles están perdiendo todo el valor que deberían tener. Ya no cuenta tanto lo que vemos, más bien gana fuerza lo que nos muestran otros. Por suerte, todavía hay gente que apuesta por aquello que sus ojos captan, independientemente de que los números les contradigan a posteriori. En la franquicia de Utah son un ejemplo de este arte casi extinto, y su mayor proeza reside en localizar entre la multitud a un pálido y tímido australiano llamado Joe Ingles.

En Oceanía, su tierra natal, el gusanillo de la canasta entró en sus venas y lo sedujo para el resto de sus días, pero sería en España, alejado de un clima favorable a sus condiciones, donde encontraría el favor de la pelota naranja. Joe Ingles recalaría en la ciudad andaluza de Granada para iniciar una larga aventura por frontera hispana.

“No conozco mucho sobre el resto de jugadores de la plantilla del CB Granada todavía, aunque he hablado con algunos jugadores que conocen bien la ACB y me han dicho cosas muy positivas de Granada”, explicaba un joven Joe en una de sus primeras entrevistas (solobasket) como profesional en la liga española, algo que se acabaría convirtiendo en pura rutina para el alero forjado entre barreras de coral y tiburones. El tren español paró en Granada, se quedó un tiempo y acabó cruzando la meseta para terminar en la ciudad condal de Barcelona.

Gloria y honores les esperaban en el Barcelona. La historia blaugrana permitió a Joe Ingles ser parte de ella, y el australiano accedió de buena gana y con mejores encuentros. Pero en España no acabaría su travesía, antes de la NBA quedaba conquistar la Euroliga con el Maccabi (Electra por aquel entonces). En la final contra el Real Madrid, Ingles disputó algo más de 7 minutos y de mirar la estadística completa no encontraríamos motivos suficientes para prever su billete rumbo a los Estados Unidos, algo que no tardaría en ocurrir.

Con toda la incertidumbre, Joe cruzó el charco, y tras una breve pero mala experiencia en los Clippers, los Jazz, de la mano de Quin Snyder, le otorgaron toda la confianza del mundo y el alero se la devolvió con creces.

Pocos creyeron en Joe, pero fue paso a paso trabajando en la sombra para ganarse un hueco en la plantilla de Utah. Su versatilidad sobre la pista se convirtió en uno de los dos pilares básicos de su crecimiento hacia las nubes, el otro lo puso su inteligencia. Su alto IQ y sus fundamentos permitieron que un alero enfadado con la estadística se ganase el pan cada semana. Talento no le falta, y que su arte sea diferente solo es una ventaja que los Jazz han sabido incorporar a su esquema.

Joe ha encajado a las mil maravillas en la estructura que pretenden construir en Utah. A todo lo anterior debemos sumarle una defensa seria, un tiro de tres descarado y una visión para el juego óptima para un director de orquesta. Su carisma y su actitud le han convertido en una pieza clave del vestuario de los Jazz, y ahora es también un contendiente a los playoffs del oeste temporada tras temporada. El progreso de Utah ha pasado por sus manos, y si en un futuro cercano se acercan un poco más al anillo, Joe, esté o no entre sus filas, habrá contribuido a ello.

En el verano de 2017, tras convertirse en un jugador importante dentro de la rotación de los Jazz, la franquicia ‘mormona’ le concedió un contrato de 52 millones por 4 temporadas. Números de estrella de la mejor liga del planeta. Nadie entendió la decisión, pero solo hace falta dejar las cifras a un lado y observar atentamente sus movimientos sobre la cancha para comprender algo que en Utah saben desde hace tiempo: Joe Ingles no es solo un jugador de baloncesto, es un fantástico jugador de baloncesto, un artista de los intangibles.

Artículo publicado en Gigantes: 03/10/2018

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