Humanidad a la deriva

Aquella noche me levanté sin levantarme. La luna estaba clavada en el firmamento, inmóvil, esperando que la cama me apartase de sus sábanas. El mar nos rodeaba y nos intentaba engullir con olas de tres metros, por lo menos. Sus fieles soldados, con grandes tiburones blancos al mando, esperaban un posible festín. El paraíso todavía quedaba lejos, pero la muerte aguardaba detrás de cada embestida de un océano indecoroso. El infierno nos había atrapado antes de lo previsto.

Despojado de ropa, las lágrimas del cielo decoraron mi cuerpo y las plantas de mis pies patinaron debido a la humedad de cubierta. Un fuerte golpe me provocó una leve hemorragia externa, o eso me contó el médico de a bordo una vez recuperé la consciencia. Era ya de día y habíamos pisado tierra. El objetivo no quedaba lejos, pero el final estaba todavía a kilómetros de distancia.

La espesa bruma se había disipado en el horizonte, una fina raya de luz se colaba en el camarote y lo único que podía sentir era dolor en la parte más alta de mi cuerpo. Mi cabeza, antes pensante, aunque no mucho, rebotaba ahora contra un frontón invisible. El repiqueteo de un martillo, que bien podría ser del mismísimo Thor, se agudizaba en mi oído y daba validez a las palabras del doctor. La escritura se había cumplido, pero yo no disfrutaría de los primeros instantes de la expedición.

Caída ya la tarde y con el apetito provocando un sonido estruendoso en mis tripas, solo un puñado de miembros de la tripulación permanecían a bordo del navío, anclado al sur de la isla. El resto, fatigados, descansaban al reflejo de la tempranera luna. El campamento había sido montado en un abrir y cerrar de ojos, el mismo tiempo necesario para cambiar la historia de nuestras vidas.

La oscuridad más absoluta nos rodeó. Ni siquiera los cientos de estrellas del firmamento podían alumbrar más allá de un par de metros, y eso es justo lo que aprovecharon aquellos diablos venidos del inframundo. Poseídos por una sed de sangre insólita, impropia de una civilización avanzada, ganaron presencia en los alrededores del vago fortín establecido. Cientos de ojos rojos iniciaron al mismo tempo una carrera fría y desprovista de alma hasta sus víctimas, las cuales no tardaron en perecer. Habían desaparecido sin oportunidad de defenderse, y sus compañeros en el barco no tardarían mucho en correr la misma suerte.

El leve chapoteo de los asesinos pasó desapercibido para el único marinero despierto. Clark (así se llamaba) no tenía necesidad de hacer guardia, ya que en tierra nadie había contemplado la posibilidad de tener unos vecinos tan descontentos, por lo que las precauciones ante un posible ataque habían sido nulas. Al indagar, sin demasiado acierto, entre toda la flora y la fauna de la isla, el decreto oficial había sido claro y contundente: era imposible que en las condiciones de aquel lugar se diese la vida humana. No obstante, puede que no fuese vida humana lo que escondiese la profecía que nos había llevado hasta la otra punta del planeta en busca de la inmortalidad.

Una hoja fina pero letal acabó con el joven en cuestión de segundos. Su cuello no opuso resistencia al acero de los asaltantes, como tampoco lo hicieron el resto de los tripulantes. El vehículo que nos debía dar la gloria y el reconocimiento eterno se sumergió en los más recónditos y tenebrosos abismos de la condición humana. Nadie salió con vida, nadie salvo aquel moribundo que serviría para enviar un mensaje al resto de la humanidad.

Cinco días más tarde desperté en mi cama. Todo me daba vueltas y no sabía cómo había llegado hasta allí. Lo último que recordaba era dormir en mi compartimiento con la esperanza de pisar la rugosa arena de la isla a la mañana siguiente. No obstante, me encontré con una pesadilla en sueños y otra en la realidad. Según me relató mi mujer, unos balleneros vascos me habían encontrado flotando a la deriva en un pequeño bote. Al parecer, mi memoria estaba débil y no era capaz de recordar nada. Repetía e imploraba que me ayudasen a buscar el buque que me había llevado hasta las aguas del continente, pero era obvio, al menos para los balleneros, que la nave había caído presa del fiero mar y yo había sido su único superviviente. Se trataba de una época repleta de tormentas de una magnitud nunca vista hasta entonces, y eso reforzó su teoría. Además, el destino que les describía no existía. Era imposible, según sus mapas y sus años de experiencia. Estaba loco. Había perdido la cordura al perder a mi tripulación.

Tardé en asimilar varios días que lo que me contaban podía ser cierto. Podía haber alterado los recuerdos de mi cerebro para no sufrir. Todo parecía encajar, hasta que, de repente, los ojos rojos que me habían perseguido antes de echar la última cabezada en la isla me pusieron en dirección a mi destino. Tenía un nuevo objetivo, y pronto el mundo entero sabría de mi existencia #ZendaAventuras

Fuente de la foto aquí

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